
Al principio comienza con un chiste. ¿Por qué te vas así vestida?
Y luego una risa que te hace entender que, supuestamente, es una broma. Después cambiamos nuestra forma de vestir como si ese comentario al aire hubiera tocado alguna parte de nosotras sin que llegáramos a entender por qué.
Más tarde llegan las pequeñas renuncias. Dejamos de hablar con ciertas personas para evitar discusiones, personas tan importantes para nosotras como lo es el fútbol para él. Sabemos que nuestros amigos nos extrañan, que están cansados de recibir silencios donde antes había respuestas, pero ya no sabemos qué hacer, cómo actuar, cómo vivir sin él. Y ahí entendemos que no solo estamos perdiendo amistades; nos estamos perdiendo a nosotras mismas.
Dejamos de hacer cosas que nos gustan para no incomodar. Pero ¿incomodamos a quién? ¿A su ego? ¿A sus inseguridades? ¿A esa necesidad de sentirse siempre por encima de nosotras?
Y sin darnos cuenta, empezamos a ocupar cada vez menos espacio. Hablamos más bajo, opinamos menos, nos disculpamos por cosas que nunca estuvieron mal. Nos convencemos de que amar también significa ceder, hasta que un día descubrimos que hemos cedido tanto que ya casi no queda nada de nosotras. Nada de eso que él decía amar.
¿Pero qué es el amor?
Tal vez esa vez, porque no nos pusimos la pollera que no le gustaba, nos dio un beso delante de sus amigos. O esa vez que revisó nuestro celular mientras dormíamos y, al no encontrar nada, nos abrazó más fuerte toda la noche. Creímos que eso era amor porque, si no, ¿qué sería?
Porque era más fácil llamar amor a eso que aceptar que algo no estaba bien. Era más sencillo quedarnos con los gestos tiernos que preguntarnos por qué siempre llegaban después de sentirnos pequeñas, observadas o culpables.
Nuestro problema fue que muchas veces confundimos amor con alivio. Nos duele, nos asusta, nos desgasta y, cuando por un momento deja de hacerlo, sentimos paz. Y a esa paz la llamamos amor.
Tal vez el amor no sea que alguien te abrace más fuerte después de invadir tu privacidad. Tal vez el amor sea no sentir la necesidad de revisar nada en primer lugar.
Pero aun así nos quedamos. Porque entre esos momentos aparecían otros que nos hacían sentir especiales, elegidas, queridas. Es una montaña rusa que nos deja agotadas, pero de la que cuesta bajar.
Lo más extraño es que nadie nos obliga directamente. Somos nosotras quienes comenzamos a moldearnos para encajar en una versión que creemos que será más fácil de querer.
Pero si él nos buscó, nos conquistó y nos amó, así como éramos, ¿por qué después tuvimos que cambiar? ¿De verdad nos amaba a nosotras o a la versión de nosotras que podía controlar? ¿Nos buscó él o fuimos nosotras quienes corrimos detrás de cada muestra de cariño? ¿Nos ama? ¿Aún lo hace?
Son preguntas que aparecen de madrugada, cuando el silencio es demasiado fuerte y ya no quedan distracciones para callarlas.
Cuando ya no está a nuestro lado preguntándonos por qué alguien le dio "me gusta" a una historia del cumpleaños de nuestra mamá.
Porque cuando alguien entra en tu vida haciéndote sentir suficiente, cuesta entender por qué después empiezas a sentir que nunca alcanzas. Cuesta aceptar que la persona que te hizo sentir tan especial sea la misma que terminó llenándote de dudas.
Llorando hasta altas horas de la madrugada, nos preguntamos si el problema somos nosotras. Y mientras intentamos convertirnos en alguien aceptable para la otra persona, dejamos de preguntarnos si esa persona es aceptable para nosotras.
Dejamos de preguntarnos por qué el amor tenía tantas condiciones. Por qué había tantas reglas para ser queridas. Por qué cada parte de nosotras parecía negociable, excepto las cosas que él quería conservar de sí mismo.
Hasta el punto de decir cómo nos sentimos y terminar siendo nosotras el problema. Convertirnos en un estorbo, en una molestia para alguien que nunca quiso escuchar realmente cómo nos sentíamos.
Pero ¿y si tal vez, solo tal vez, la pregunta nunca fue si él nos amó o si todavía nos ama?
Tal vez la verdadera pregunta era cuándo dejamos de amarnos a nosotras mismas por intentar conservar ese amor. Ese amor que poco a poco nos hizo sentir invisibles. Ese amor que nos fue apagando sin que nos diéramos cuenta. Ese amor por el que cambiamos nuestra forma de vestir, de hablar, de actuar y hasta de pensar.
Porque nadie nota cuándo empieza a desaparecer. No ocurre de un día para el otro. Es lento. Silencioso.
Un día dejamos de usar algo porque a él no le gusta. Otro día dejamos de decir algo para evitar una discusión. Y cuando queremos acordar, ya no sabemos si las decisiones que tomamos son nuestras o de la persona que tenemos al lado.
Perder a alguien duele, pero perdernos a nosotras mismas mientras intentamos quedarnos con alguien duele mucho más.
Y es ahí cuando entendemos que el vacío no apareció de golpe. No llegó una mañana cualquiera ni se instaló de repente. Se fue construyendo en silencio, en cada cosa que callamos, en cada parte de nosotras que dejamos atrás, en cada intento desesperado por conseguir la aprobación de alguien más.
Hasta que un día nos miramos al espejo y nos damos cuenta de que llevamos demasiado tiempo buscando amor en los ojos de otra persona, mientras dejamos de encontrarlo en los nuestros.

Escrito por
Abril Rolon