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Sociedad

Como una mujer abusada

Como una mujer abusada

“Un país que ha sido violado... Argentina es como una mujer abusada”.

La frase cayó sobre la mesa de Mirtha Legrand como si fuera una de esas cosas que se dicen en televisión y después se pierden entre el ruido de los cubiertos, las cámaras, las luces y la conversación política. Pero algunas palabras no se pierden. Quedan.

Alejandro Lerner estaba hablando de la Argentina. De los gobiernos que, según su interpretación, no consiguieron darle al país el proyecto que necesitaba. De la falta de continuidad. De la necesidad de esperar, de sostener un rumbo, de permitir que un proyecto político y económico tenga tiempo para desarrollarse. Y en medio de esa explicación apareció una mujer.

No cualquier mujer.

Una mujer abusada.

“Argentina es como una mujer abusada por nuestros propios dirigentes”, dijo Lerner durante La Noche de Mirtha del 29 de agosto. Después agregó que ninguna de las personas que habían gobernado durante los últimos cincuenta años había podido darle al país “el servicio” que merecía. La frase fue reproducida inmediatamente por medios que identificaron el sentido político de la intervención: Lerner estaba defendiendo la necesidad de continuidad para el proyecto de Javier Milei.

Y ahí está el problema.

No solamente en la palabra “abusada”. Tampoco solamente en la palabra “violado”. El problema está en lo que esas palabras hacen cuando se las pone a trabajar para una idea política.

Porque una violación no es simplemente una forma intensa de decir destrucción.

Una mujer abusada no es una imagen de archivo que se pueda sacar del cajón cuando hace falta explicar que algo salió mal.

Una mujer abusada no es una metáfora.

Es una persona.

Es un cuerpo.

Es una historia que ocurrió realmente en algún lugar, a alguien.

Y, sin embargo, el lenguaje político lleva siglos apropiándose de ese cuerpo para hablar de otras cosas.

Lerner no dijo simplemente que Argentina había sido mal gobernada. No dijo que había sido saqueada, endeudada, empobrecida, desorganizada o sometida a decisiones políticas que considera equivocadas. Eligió otra imagen. Argentina, dijo, era una mujer. Y esa mujer había sido abusada por sus propios dirigentes.

La elección importa.

Mucho.

Porque inmediatamente organiza la historia en términos de víctima y victimario. Argentina queda del lado del cuerpo dañado. Los dirigentes, del lado de quienes ejercieron el poder sobre ella. Y el proyecto político que Lerner reivindica aparece en el horizonte como aquello que debe recibir tiempo y continuidad después de medio siglo de supuesto abuso.

La política se convierte así en una historia de violencia.

Y la nación, en una mujer.

La pregunta entonces ya no es solamente qué quiso decir Alejandro Lerner.

La pregunta es otra:

¿por qué esa era la imagen que necesitaba para hablar de Argentina?

EL CUERPO DE LAS MUJERES NO ES UN IDIOMA

Hay algo profundamente cómodo en la metáfora política.

Permite tomar una realidad compleja, llena de causas, responsabilidades y contradicciones, y convertirla en una imagen que cualquiera pueda comprender inmediatamente. La economía puede ser una casa. El Estado puede ser una máquina. La política puede ser una guerra. Un país puede ser un barco.

Las metáforas sirven porque simplifican.

Pero simplificar no significa inocencia.

George Lakoff y Mark Johnson explicaron, en Metaphors We Live By, que las metáforas no funcionan únicamente como adornos del lenguaje: estructuran la manera en que comprendemos determinados conceptos. Y esa estructura tiene un precio. Cuando una metáfora ilumina ciertos aspectos de una experiencia, necesariamente deja otros en la oscuridad. El propio esquema de los autores incluye la idea de highlighting and hiding: destacar y ocultar.

Eso es exactamente lo que ocurre aca.

La metáfora de Lerner ilumina el daño. Ilumina la vulnerabilidad. Ilumina la existencia de un agresor y de una víctima. Hace visible la sensación de que Argentina fue utilizada, lastimada, sometida por quienes tenían la obligación de cuidarla.

Pero también oculta.

Oculta la complejidad de las responsabilidades políticas. Oculta los intereses económicos. Oculta las decisiones concretas. Oculta los conflictos entre gobiernos, empresarios, sindicatos, organismos financieros, poderes económicos y ciudadanos. Oculta incluso la agencia de la propia sociedad.

Porque una mujer abusada, dentro del imaginario que construye la frase, no decide.

Le ocurre.

Es objeto de una acción ejercida por otro.

Y ese no es un detalle menor.

Una investigación de Jocelyn Hollander sobre la cobertura periodística de agresiones sexuales en dieciséis diarios estadounidenses encontró que las noticias tendían a omitir la resistencia de las mujeres o a presentarla solamente como una resistencia fallida; solo una pequeña minoría las describía como actores fuertes y competentes con capacidad de defenderse.

Otro estudio, de Sandra Schwark, analizó imágenes utilizadas en noticias online alemanas sobre violencia sexual y encontró una representación recurrente de las mujeres como víctimas pasivas, débiles y sin agencia. El estudio identificó, además, la reproducción visual de ciertos mitos sobre la violación.

No significa que Lerner haya leído esos estudios.

No significa que haya querido representar deliberadamente a las mujeres como seres sin capacidad de acción.

Significa algo más incómodo: la imagen que eligió no llega a nosotros con la cabeza vacía.

Cuando decimos “mujer abusada”, la cultura ya ha construido un archivo alrededor de esas palabras.

La víctima.

El cuerpo vulnerable.

El miedo.

La indefensión.

El hombre que tiene poder sobre ella.

La violencia que ocurre sobre su cuerpo.

Y después está la realidad.

La Ley 26.485 argentina reconoce la violencia sexual como aquella que vulnera el derecho de las mujeres a decidir voluntariamente sobre su vida sexual o reproductiva mediante amenazas, coerción, fuerza o intimidación, e incluye expresamente la violación y el abuso sexual. La misma norma reconoce la violencia simbólica y la violencia mediática como categorías vinculadas a la reproducción de patrones de desigualdad y subordinación.

No significa que una metáfora desafortunada pueda ser convertida automáticamente en una categoría jurídica de violencia mediática. No sería serio afirmarlo.

Pero sí significa que Argentina reconoce legalmente algo que durante demasiado tiempo se pretendió negar: la violencia contra las mujeres también tiene una dimensión cultural y discursiva.

Las palabras importan.

Las imágenes importan.

Los relatos importan.

Y también importa quién puede convertirse en metáfora de qué.

Porque el cuerpo de una mujer no es un idioma universal para explicar el sufrimiento.

ARGENTINA COMO MUJER

Hay una historia mucho más antigua detrás de esta imagen.

Las naciones han sido mujeres antes de que Alejandro Lerner pronunciara esas palabras.

La patria tiene madre. La nación tiene madre. El territorio se representa como femenino. Las fronteras se imaginan como cuerpos que deben ser protegidos. La tierra se vuelve mujer y la conquista se convierte, una y otra vez, en una forma de penetración, posesión o violación.

No es una asociación accidental.

La socióloga Nira Yuval-Davis estudió cómo las relaciones de género participan de los proyectos nacionales y cómo las construcciones de nación se encuentran atravesadas por ideas sobre feminidad y masculinidad. Su trabajo muestra que hablar de nación implica también hablar de los papeles que las sociedades asignan a mujeres y hombres.

Anne McClintock, en Imperial Leather, examinó la relación entre género, sexualidad, raza, colonialismo y nacionalismo, mostrando cómo las imaginaciones imperiales y nacionales se construyeron también mediante representaciones sexuadas del poder y del territorio.

Ronit Lentin fue todavía más explícita al estudiar la relación entre guerra, genocidio, violación y nación. En The Rape of the Nation, sostiene que las guerras y los genocidios pueden ser feminizados mediante la colocación de las mujeres como símbolos de las colectividades nacionales y étnicas, y analiza la violación como parte de las identidades y relaciones de poder construidas alrededor de esos conflictos.

Y Cynthia Enloe ha estudiado cómo el nacionalismo también está atravesado por ideas sobre masculinidad y feminidad, hasta el punto de dedicar un capítulo de Bananas, Beaches and Bases a la relación entre nacionalismo y masculinidad.

No hace falta acusar a Lerner de haber querido reproducir conscientemente toda esa tradición.

Sería una acusación imposible de demostrar.

Pero tampoco hace falta fingir que la tradición no existe.

Su metáfora puede inscribirse dentro de un imaginario mucho más antiguo que él: el de la nación feminizada, el territorio convertido en cuerpo y la violencia sexual utilizada como lenguaje para representar conquista, sometimiento y derrota.

Las metáforas también tienen género.

Y esta tiene uno muy claro.

La Argentina de Lerner no es solamente una institución mal administrada.

No es solamente una economía arruinada.

No es solamente un Estado al que distintos gobiernos llevaron por caminos que él considera equivocados.

Es una mujer.

Una mujer que fue abusada.

Una mujer a la que otros hicieron cosas.

Una mujer cuyo cuerpo se convirtió en territorio de una disputa política entre hombres.

Eso debería incomodarnos.

Porque durante siglos se ha utilizado el cuerpo femenino para representar aquello que los hombres conquistan, protegen, poseen, defienden o pierden.

La patria es madre.

La tierra es mujer.

La nación es virgen.

El territorio es violado.

El país es abusado.

Cambian las palabras. La estructura permanece.

LA MUJER QUE NECESITA QUE OTRO LA SALVE

Y después está la parte política.

Porque Lerner no estaba haciendo una reflexión abstracta sobre la historia del lenguaje. Estaba defendiendo una idea concreta: Argentina necesita tiempo, continuidad y un proyecto de país.

En el contexto de la conversación, esa defensa estaba dirigida hacia la continuidad del proyecto político y económico de Javier Milei. La cobertura posterior de la emisión lo interpretó precisamente de ese modo.

Y ahí la metáfora adquiere otra función.

Argentina es la víctima.

Los dirigentes anteriores son los victimarios.

El país fue abusado durante décadas.

Ahora hay un proyecto que necesita tiempo.

Continuidad.

Una oportunidad para hacer algo diferente.

La estructura narrativa es poderosa porque transforma una discusión política en una historia de rescate.

Alguien hizo daño.

Alguien llega después.

Alguien dice que hay que darle tiempo.

Alguien promete que esta vez será distinto.

Pero una sociedad no es una mujer encerrada en una habitación esperando que aparezca un hombre bueno para sacarla de allí.

La Argentina no necesita un salvador.

Necesita ciudadanos.

Instituciones.

Debate.

Conflicto democrático.

Políticas públicas.

Derechos.

Responsabilidad.

Y, sobre todo, capacidad de discutir qué proyecto de país quiere construir sin convertir la historia política en una fábula donde una víctima espera pasivamente que otro poder venga a rescatarla.

La frase de Lerner hace algo que la política suele hacer demasiado bien: convierte una realidad compleja en una narración emocionalmente irresistible. Hay una víctima. Hay culpables. Hay una promesa de recuperación.

El problema es que la víctima tiene cuerpo de mujer.

Y cuando una nación se transforma en una mujer abusada, la pregunta inevitable es ¿quién ocupa el lugar del hombre que viene a salvarla?

LA VIOLENCIA REAL

Después de varias páginas hablando de una mujer que no existe, conviene volver a las que sí.

Las mujeres para quienes “abuso” no es una figura retórica.

Las mujeres para quienes “violación” no es una palabra elegida para hacer más contundente una intervención televisiva.

Las mujeres que conocen esas palabras de otra manera.

Argentina no carece de estadísticas, leyes, registros ni instituciones que permitan recordar que detrás de esas palabras existen vidas concretas. La Corte Suprema registró 200 víctimas directas de femicidio investigadas en 2025, además de 19 víctimas vinculadas, para un total de 219; en promedio, hubo una víctima directa cada 44 horas.

No son cifras de una metáfora.

Son expedientes.

Son investigaciones judiciales.

Son nombres.

Son familias.

Son casas en las que después falta alguien.

Y aunque el femicidio no sea equivalente a la violencia sexual, la existencia de ese registro permite recordar algo elemental: la violencia de género no pertenece al mundo abstracto de las palabras. Tiene cuerpos, consecuencias y víctimas reales.

La propia Ley 26.485 no habla de la violencia sexual como una imagen. La define como una vulneración concreta de la libertad sexual y reproductiva de las mujeres, e incluye la violación y el abuso sexual.

Por eso me cuesta aceptar la facilidad con la que ciertas palabras atraviesan la conversación pública.

Para algunas personas, una violación es una metáfora.

Para otras, es una memoria.

Es una puerta que todavía cuesta abrir.

Es una denuncia que nadie creyó.

Es una noche que vuelve.

Es una palabra que se aprendió demasiado temprano.

No sabemos quién escucha cuando una figura pública dice “mujer abusada”.

No sabemos quién está mirando la televisión del otro lado.

No sabemos quién acaba de sobrevivir.

No sabemos quién todavía no pudo contar.

Por supuesto que la intención importa.

Pero la intención no agota el significado.

Una persona puede no proponerse reproducir un imaginario y, aun así, utilizar una imagen que pertenece a él.

Una persona puede querer denunciar el abuso del poder y, al mismo tiempo, terminar utilizando el cuerpo de las mujeres como lenguaje para denunciarlo.

La crítica no necesita entrar en la cabeza de Alejandro Lerner.

Alcanza con mirar sus palabras.

NO TODO VALE COMO METÁFORA

La política está llena de metáforas.

Y está bien que lo esté.

Necesitamos metáforas para hablar de cosas demasiado grandes, abstractas o complejas para caber en una frase literal. Decimos que un país está enfermo. Que una economía se enfría. Que una democracia respira. Que un gobierno pisa el acelerador.

Pero no todas las metáforas pesan lo mismo.

No todas arrastran la misma historia.

No todas utilizan el mismo cuerpo.

Podemos hablar de una Argentina endeudada.

De una Argentina empobrecida.

De una Argentina fracturada.

De una Argentina saqueada.

De una Argentina desigual.

De una Argentina mal gobernada.

Podemos discutir quién la gobernó, cómo la gobernó, qué hizo, qué destruyó, qué construyó, qué prometió y qué incumplió.

Podemos discutir a Milei.

Podemos rechazar a Milei.

Podemos defenderlo.

Podemos exigir que su proyecto continúe o que termine.

Podemos discutir durante horas qué significa “cambiar” un país y quién tiene derecho a decidir hacia dónde cambia.

Hay miles de palabras para hacerlo.

No necesitamos el cuerpo de una mujer violada.

Eso es lo que me queda después de escuchar la frase de Lerner.

No la indignación instantánea de las redes.

No el escándalo televisivo.

No siquiera el viejo reflejo de preguntarnos si una persona “se pasó” o si simplemente utilizó una metáfora.

Me queda algo más incómodo.

La certeza de que hay un repertorio de imágenes que nuestra cultura todavía tiene demasiado a mano.

Una patria que es madre.

Una nación que es mujer.

Un territorio que puede ser conquistado.

Un país que puede ser violado.

Una mujer cuyo cuerpo sirve para contar la historia de los hombres.

Tal vez por eso la frase molesta tanto.

Porque no inventa nada.

Y justamente ahí está el problema.

Se apoya en algo que ya conocemos.

En una forma antigua de contar el poder.

En una tradición donde el cuerpo femenino puede representar la tierra, la frontera, la derrota, la humillación o el honor de una comunidad.

En una cultura que durante demasiado tiempo convirtió el sufrimiento de las mujeres en argumento, símbolo, advertencia, espectáculo y metáfora.

No sé si Alejandro Lerner pensó en todo esto cuando habló.

Probablemente no.

Pero las palabras no necesitan que pensemos en su historia para cargarla consigo.

El lenguaje llega a la mesa con memoria.

Y algunas palabras llegan con demasiada.

Una mujer abusada no debería tener que convertirse en un país para que entendamos que algo terrible ocurrió.

Debería bastarnos con entender que fue una mujer.

Que fue real.

Que alguien ejerció poder sobre su cuerpo.

Que después tuvo que seguir viviendo.

Que ninguna nación necesita ocupar su lugar para que una crisis política parezca suficientemente grave.

Y quizá esa sea la pregunta que queda cuando se apagan las cámaras de la mesaza: no qué proyecto de país merece más tiempo, ni qué gobierno merece continuidad, ni quién tiene razón en la pelea interminable por la Argentina.

Sino algo mucho más sencillo y, por eso mismo, más difícil:

¿por qué seguimos necesitando el cuerpo de una mujer para explicar aquello que nosotros mismos hicimos con el poder?

La pantalla se apaga.

La frase queda.

Y del otro lado de esa frase, por una vez, sería bueno que dejáramos de mirar al país.

Y miráramos a la mujer.

Belen Fernandez

Escrito por

Belen Fernandez

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