
El futuro dejó de ser un mapa y se convirtió en una pantalla constante. Son las tres de la mañana y una estudiante universitaria desliza el dedo por la pantalla del celular. Entre videos y fotos editadas a la perfección, hay personas de su misma edad que ya terminaron la carrera universitaria, compraron un auto, viajan por el mundo y todo lo hacen con sus propios ingresos.
Ella cierra aplicación tras aplicación, mira el techo y piensa en los finales que todavía le quedan por rendir, en el trabajo con sueldo mínimo que tiene (o el que todavía no consigue) y las decisiones que no logra tomar. Entonces le surge esta pregunta que cada vez son más los jóvenes que se ven atormentados por el ¿estoy llegando tarde a mi propia vida?
Esta escena se repite en decenas de cuartos y en ellas no hay solo una cara ni solo una historia. Toma la forma de la generación que creció escuchando “PODES SER LO QUE QUIERAS SER”, pero ahora está de cara a un horizonte lleno de posibilidades y a la vez de incertidumbre.

La edad de las oportunidades (y de la ansiedad)
Siempre se habló de la crisis de los 40 como el momento en que las personas se comenzaban a cuestionar las decisiones y se replantearon el rumbo que estaban tomando sus vidas. Pero hoy eso parece haberse adelantado dos décadas.
La llamada “CRISIS DE LOS 20” no habla de un acontecimiento puntual. Es una acumulación de preguntas constantes ¿Qué voy a estudiar? ¿Dónde voy a trabajar? ¿Me independizo?,¿Qué hacer cuando el plan de vida que imaginábamos no coincide con la realidad?
Para muchos jóvenes, ser adulto no es una certeza, es más bien contratos temporales, alquileres imposibles de pagar, carreras que cambian y un mercado laboral que exige tener experiencia, incluso si recién saliste del secundario.
La sensación de estar atrasado se vuelve la compañía frecuente de muchos. Pero ¿en qué estamos atrasados?
La comparación constante.
Lo único que hay de diferencia en cuanto a la crisis de generaciones anteriores es que ahora es mucho más sencillo poder observar la vida de todos los demás.
La comparación se volvió una actividad cotidiana gracias a las redes sociales. Cada post sirve como una vidriera en donde solo se exhiben los logros. Los títulos de grado, viajes concretados, relaciones felices, cuerpos perfectos y los éxitos profesionales que están en el centro del escenario con un reflector que parece no apagarse nunca.
No se publican las dudas, los rechazos, los miedos, las inseguridades, un parcial desaprobado, todo eso queda fuera de escena.
De manera sutil, los medios de comunicación establecen metas, y expectativas que muchos terminan incorporando como propios. Es por eso que el problema deja de ser personal, comienza a conectarse en discursos sociales que afirman que triunfar es crecer o convertirse en adulto.

Cansados de correr.
Hay una contradicción que atraviesa a los jóvenes de hoy en día. Nunca tuvieron tantas herramientas para comunicarse y/o emprender, pero al mismo tiempo tampoco habían convivido con tan altos niveles de presión al momento de aprovechar cada oportunidad.
Ser productivo se convirtió en una especie de mandato permanente, tener que estudiar, trabajar, capacitarse, generar contenido, aprender idiomas y estar actualizado forma parte de una carrera que tiene como meta final el ser exitoso.
En esta carrera detenerse genera culpa.
Muchos sienten que, si no avanzan constantemente, están estancados o hasta retrocediendo. La vida es una competencia invisible en donde siempre hay alguien que está llegando primero.
Tal vez no estamos tan perdidos.
La crisis de los 20 se presenta como un problema que hay que resolver lo antes posible. Sin embargo, podemos interpretarlo de otra manera.
Tal vez la incertidumbre no es una señal de fracaso, sino una consecuencia lógica de vivir en un mundo cada vez más complejo. Quizás las dudas no muestran que algo está mal, capaz estamos construyendo nuestra identidad en medio de cambios profundos constantes.
Lo que muchas veces se vive como una crisis personal en realidad puede ser una experiencia que atraviesa a toda una generación.
Porque detrás de cada joven que siente que no sabe qué hacer con su futuro hay una sociedad que exige respuestas inmediatas para preguntas que todavía nadie logra responder.
Hay un desafío constante en esta época que es APRENDER A VIVIR CON LA INCERTIDUMBRE SIN CONVERTIRLA EN UNA CONDENA.
Después de todo nadie llega a los 20 con un libro ni un mapa de como deberían ser las cosas. La diferencia es que hoy por primera vez hay una generación que está aprendiendo a admitirlo.
A veces pareciera que todos avanzan más rápido, que ya tienen un plan o un futuro definido a la perfección, pero detrás de muchas de esas vidas que vemos desde afuera existen los mismos miedos o incertidumbres que no se muestran.
No hay una edad exacta para encontrarse, ni tampoco un calendario que nos muestre cuando tenemos que tener la vida resuelta. Cada persona construye su camino, con aciertos, errores y lo más importante, a su propio ritmo.
Si a los veinte sentís que estás perdido, no es porque haya algo malo en vos. Simplemente estás pasando por una etapa de búsqueda y cambio constante.
La incertidumbre asusta, pero también da lugar a muchas posibilidades. Es un lugar o momento en el que descubrimos quienes somos y qué queremos.
Aunque cueste creerlo no estás solo, hay toda una generación que aún está intentando descifrar las mismas preguntas, comparten los mismos miedos y buscan de una forma u otra su lugarcito en el mundo. Crecer también significa perderse, cambiar el rumbo, equivocarse y volver a empezar.
Porque al final, tener veinte no significa que debamos saber con exactitud quiénes somos y qué queremos. Quizás es una etapa en la que recién nos comenzamos a descubrir y eso está bien.

Escrito por
Itati Medina
