En tiempos de algoritmos, crisis y discursos de odio, el periodismo sigue encontrando su razón de ser en el trabajo colectivo y la búsqueda de información confiable. Porque para eso fuimos formados y resistiremos hasta el final.
Redacción especial para Katú
Hace no mucho tiempo existía algo llamado diario impreso. El olor de las hojas, la sensación áspera de la tinta en la yema de los dedos, el poder del detalle en la maquetación: zócalos con epígrafes, datos con estadísticas al margen, la infaltable “columna extra a la derecha”.
También estaban aquellas tardes de cierre en las que el espacio parecía no alcanzar nunca. Entonces, como decía uno de los históricos de El Litoral de Corrientes cuando se quedaba sin letra para completar la página: “A grandes problemas, grandes soluciones”, y procedía a agrandar la fotografía principal.
Eran tiempos en los que cada centímetro de papel contaba una historia y en los que, detrás de cada línea publicada, quedaban las huellas de interminables llamadas telefónicas o rastreos de fuentes por Facebook para encontrar ese dato que faltaba. Hoy, eso que para muchos de nosotros que estamos en lo que me gusta llamar “el borde generacional”, era como un sueño cumplido. Sí, la oficina de redacción que nos vendieron tan bien el cine y los libros.
El borde generacional: nuestras fortalezas y debilidades
Los que somos de esta generación, los famosos “centennials”, crecimos al paso de la tecnología.
Vimos a nuestros padres con el teléfono ladrillo en la mano muchas veces, pero tuvimos un celular de bolsillo a los 12 años; descargamos música en Ares y llenamos de virus varias computadoras, pero desde hace un tiempo amamos ver el Spotify Wrapped a fin de año. Y los que hacemos periodismo, escribimos para la gráfica en QuarkXPress centenares de veces, pero ahora leemos las métricas de las visualizaciones de YouTube e Instagram Reels de nuestro programa de streaming.
Todo cambió. Y los cambios son buenos. Pero cómo se extraña esas tardes eternas donde hacer periodismo tenía una sensación de adrenalina intensa que te hacía temblar.
No pretendo hacer de este un episodio melancólico sobre la tan anunciada muerte del periodismo. Pero creo que esta reconversión se está llevando mucho a su paso, como todo lo que vemos hoy a nuestro alrededor. Ahí están las debilidades.
La instantaneidad que nos prometieron las plataformas digitales hoy ya es un espejismo y la vieja idea de la “primicia” parece cada vez más difusa. Los diarios más prestigiosos del mundo no están exentos de publicar textos con errores generados por IA o por la falta de chequeo; proliferan las noticias con el cartel de “en redacción” cuando, en realidad, todavía falta información por corroborar; y el título gancho, que siempre existió, ahora muchas veces parece pensado únicamente para alimentar el clickbait.
Y después están los colegas que hacen preguntas pensando más en el algoritmo que en las personas, convencidos de que “con esta la rompo”, y terminan preguntándole al padre de Agostina Vega, en una entrevista pública: “¿Por qué cree que a Agostina la mataron?”.
En ese universo que describo desde cierto fatalismo y desde ese borde generacional que me permitió conocer dos formas muy distintas de ejercer el oficio, vuelve a resonar una idea que Héctor Germán Oesterheld nos dejó en El Eternauta y que hoy, en tiempos de incertidumbre, parece más vigente que nunca: la salida es colectiva. Y porque a veces, lo viejo funciona Juan…
Quizás porque el periodismo nunca fue una tarea individual, aunque a veces nos guste romantizar la figura del cronista solitario. Detrás de cada buena historia hay una red de personas que la hacen posible: una fuente que confía, una productora que consigue el contacto imposible, un fotógrafo que encuentra la imagen que explica lo que las palabras no alcanzan a contar, un jefe de redacción que detecta el dato que falta o la pregunta que todavía no fue hecha, un operador de streaming que permite exhibir los videos que te sirven para completar la información que estás contando.
Así, la noticia no nace de una sola mirada; se construye en el intercambio, en el contraste y en la verificación permanente.
Detrás de cada buena historia hay una red de personas que la hacen posible.
Una crisis avanza, mientras el odio parece no ser suficiente
Mientras intentamos surfear esta nueva ola, desde distintos sectores de la ultraderecha argentina y mundial se insiste en una idea tan simple como peligrosa: que los periodistas somos parte del problema. El presidente Javier Milei insiste en afirmar en redes sociales que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.


Lo paradójico es que estos ataques recaen sobre una profesión que atraviesa una crisis sostenida desde hace décadas. Mucho antes de que los dirigentes políticos convirtieran al periodismo en un adversario discursivo, las redacciones ya enfrentaban transformaciones profundas.
Los cambios en los hábitos de consumo, la digitalización de los medios y la creciente precarización laboral modificaron las formas de producir información y empujaron a miles de periodistas a complementar su trabajo con otras actividades para sostenerse económicamente. Como señalan Monje, Rivero y Zanotti (2020), la crisis del periodismo en América Latina no puede entenderse por fuera del retraimiento de los Estados, la concentración mediática y el debilitamiento de las condiciones laborales de quienes ejercen la profesión.
A ese escenario se suma otro fenómeno igual de complejo: las redes sociales y la creciente dependencia de las métricas, las tendencias y los algoritmos. La investigadora española Elvira García de Torres advierte que muchos medios, en lugar de fortalecer las capacidades periodísticas de sus propias redacciones, optan por incorporar perfiles con visibilidad digital. “En lugar de buscar quiénes en sus redacciones podrían tener éxito o tener una marca fuerte, contratan influencers que, sobre todo en medios públicos, después no entienden la línea editorial de servicio público”, sostiene.
¿Qué hacer entonces frente a una crisis que parece permanente y frente a ataques que nunca parecen suficientes? Probablemente lo mismo que el periodismo hizo a lo largo de su historia: resistir, adaptarse y reconvertirse sin perder de vista eso que le da sentido.
Aprender de los errores, comprender las nuevas plataformas, leer las métricas sin convertirse en esclavos y aprovechar las herramientas tecnológicas sin renunciar al chequeo, al contexto y a la búsqueda rigurosa de la verdad. Porque si algo demuestra la historia es que el periodismo ha sobrevivido a censuras, dictaduras, guerras, crisis económicas y revoluciones tecnológicas.
El escenario actual es complejo. Nos duele, nos enoja y muchas veces nos aturde. Pero la tarea sigue siendo la misma: “dar testimonio en momentos difíciles”, hacer preguntas incómodas y ofrecer información confiable cuando más se necesita. Quizás la tecnología cambie, quizás cambien los formatos y las audiencias. Lo que no debería cambiar es la convicción de que una sociedad mejor informada sigue necesitando periodistas. Y ahí vamos a estar dando la batalla.
Quizás la tecnología cambie, quizás cambien los formatos y las audiencias. Lo que no debería cambiar es la convicción de que una sociedad mejor informada sigue necesitando periodistas.
Porque pasan las crisis y los formatos, quedan los periodistas.

Excelente análisis sobre el periodismo actual y la crisis que atraviesa.