La cobertura de los femicidios de Agostina Vega y Dulce Candia no solo expuso dos crímenes más por violencia de género. Sino que también nos dejó ver la forma en la que los medios construyen los relatos sobre las víctimas, administran el dolor colectivo y lo transforman en un hecho de consumo masivo.
El periodismo con perspectiva social y la dramatización del horror, revelan en ambos casos que informar ya no es suficiente, ahora también se compite por qué medio impacta más.
Una foto pegada en la pared.
Durante varios días el rostro de Agostina Vega estuvo apareciendo en publicaciones de Facebook, historias de Instagram, estados de WhatsApp y en todos los noticieros. Agos tenía 14 años. Había desaparecido en Córdoba y su búsqueda repitió una escena como ocurre tantas veces en Argentina: una familia reclamando respuestas y una sociedad intentando reconstruir ¿qué pasó? casi en tiempo real lo que pudo haber ocurrido. Pero junto con su búsqueda también empezó la “construcción mediática del caso”.
Desde el comienzo se vieron dos formas opuestas de narrar lo que sucedió. Algunos medios eligieron centrarse en la gravedad institucional: las demoras en los protocolos, las fallas policiales, las decisiones judiciales cuestionables y la vulnerabilidad de una menor desaparecida. Mientras que otros, en cambio, apostaron por una cobertura marcada por el dramatismo extremo y el impacto emocional inmediato.
Los titulares comenzaron a competir entre sí.
“Los escalofriantes detalles”
“El horror en Ampliación Ferreyra”
“Tenía un vínculo sentimental con Barrelier”


Las palabras dejaron de funcionar únicamente como información. Ahora eran ANZUELOS EMOCIONALES.
El crimen narrado como espectáculo.
La televisión argentina tiene la tradición de convertir casos policiales en narraciones episódicas. El crimen deja de ser únicamente un hecho para transformarse en una historia con capítulos, sospechosos, filtraciones y reconstrucciones permanentes. El problema aparece cuando en esa lógica la víctima se vuelve secundaria frente al espectáculo.
Varios medios difundieron detalles sensibles sobre el hallazgo del cuerpo, versiones no confirmadas y elementos íntimos de la vida personal de la adolecente. Muchas veces información sin contexto, sin análisis y sin cuidado sobre el impacto que se podría producir tanto en la familia de la víctima como en la audiencia.
La rapidez mediática también alteró los límites entre información y especulación. Cada dato nuevo parecía necesitar circulación inmediata aunque todavía no estuviera confirmado. Las redes sociales potenciaron todavía más este fenómeno con fragmentos recortados de entrevistas, teorías improvisadas y comentarios que mezclaban la indignación con entretenimiento.
El femicidio se comenzó a consumir como contenido morboso.
Surgieron cuestionamientos hacia la madre y el entorno familiar de Agostina. En lugar de concentrar la discusión sobre el agresor o las responsabilidades institucionales, parte del debate público fue hacia juicios morales sobre la crianza, las decisiones familiares o la vida privada de la víctima. Ese desplazamiento no es casual. Forma parte de una lógica cultural que coloca históricamente a las mujeres bajo sospecha, incluso después de haber sufrido un abuso y hasta después de haber sido asesinada.
La pregunta deja de ser “¿porque la mataron? para transformarse en “¿que hizo ella para que la maten?
Los medios que eligieron otro enfoque.
Frente a la cobertura centrada en el impacto, también hubieron medios, periodistas y perfiles digitales que intentaron construir una mirada distinta. En estos casos, el foco estuvo puesto en la violencia, la ausencia de respuestas por parte de la justicia y el contexto social de los femicidios en Argentina.
La diferencia puede ser sutil, pero modifica completamente el sentido del relato. No es lo mismo hablar de un “crimen pasional” que decir VIOLENCIA DE GÉNERO.
Los análisis periodísticos cuestionaron la forma en la que ciertos medios disipan la responsabilidad del agresor mediante títulos ambiguos. También señalaron como la dramatización termina vaciando de contenido político y social a los femicidios.
Cuando la noticia se centra únicamente en el horror del hecho, desaparecen las preguntas más profundas:
¿Por qué siguen ocurriendo estos crímenes?
¿Qué responsabilidad tiene el Estado?
¿Qué políticas fallan?
¿Qué lugar ocupa la violencia machista dentro de la cultura?
Agostina dejó de aparecer solamente como un caso policial. Su historia empezó a pensarse como parte de un problema colectivo.
Dulce Candia y la desigualdad de la visibilidad.
El caso de Dulce mostró una dinámica similar, aunque con una diferencia importante.
Su femicidio no tuvo la misma repercusión nacional que el de Agostina Vega.

Dulce tenía 17 años y fue asesinada en el interior de Misiones. Su nombre circuló principalmente en medios locales y regionales, mientras que la cobertura nacional fue muchísimo más breve, fragmentada y limitada. Otra vez con los mismos modelos narrativos enfrentados, medios que incorporan la perspectiva de género y vinculan el crimen con el contexto nacional de violencia machista y otros que eligieron una lógica policial clásica que se centraba en el sospechoso detenido, la investigación y los detalles más crudos del caso.
Sin embargo, lo que más llamó la atención fue la diferencia en la dimensión de la cobertura.
Mientras el caso de Agostina ocupó horas de televisión, debates en programas nacionales y una circulación constante en redes sociales, el femicidio de Dulce quedó rápidamente desplazado de la programación diaria. Hubo menos móviles televisivos, menos seguimientos periodísticos y menos difusión social fuera de Misiones.
Parte de esta diferencia puede explicarse por la centralización histórica de los medios argentinos. Los hechos ocurridos en grandes centros urbanos suelen recibir más atención que aquellos que suceden en provincias periféricas.
Córdoba por su peso político y mediático tiene una capacidad mayor de instalar temas en la agenda nacional que provincias como Misiones.
Pero no se trata de una cuestión geográfica solamente.


Acá intervienen dinámicas de consumo mediático contemporáneo. Algunos casos se convierten en narraciones sostenidas porque los medios lo consideran “atractivo”: desapariciones prolongadas, cobertura minuto a minuto, presión en redes sociales y reconstrucción constante del hecho. El caso de Agostina es narrado casi como una serie en tiempo real, en contraposición el femicidio de Dulce tuvo una circulación más silenciosa.
Esa diferencia deja al descubierto una jerarquización explícita del dolor. No todas las víctimas reciben el mismo espacio mediático, ni la misma construcción de memoria pública. Algunas historias permanecen semanas en televisión y redes mientras que otras desaparecen rápidamente absorbidas por la velocidad informativa.
Entonces hay una pregunta que me surge, incómoda pero necesaria: ¿Qué necesita un femicidio para ser noticia nacional?. Y otra aún más incómoda: ¿Qué vidas logran conmover masivamente y cuáles quedan desplazadas a un impacto local y pasajero?
Cuando el dolor se vuelve espectáculo.
Los femicidios de Agostina y Dulce dejaron expuestas muchas cosas al mismo tiempo, la persistencia de la violencia machista, las fallas institucionales, el impacto de las redes sociales y las tensiones éticas del periodismo. Pero por sobre todo dejaron en evidencia la pregunta de ¿qué hace una sociedad con el dolor ajeno?
Algunos medios eligieron construir una información contextualizada, incorporando perspectiva de género y señalando las responsabilidades estructurales. Mientras que otros optaron por intensificar el horror, explotar el impacto emocional y transformar el sufrimiento en consumo narrativo.
Entre ambas posturas se juega mucho más que lo editorial. Se define qué vidas merecen empatía, que violencias se consideran normales y que lugar ocupa la memoria de las víctimas dentro del espacio público. Porque los medios no solo cuentan la realidad, también enseñan cómo mirarla.
Y es ahí cuando el dolor se vuelve espectáculo donde surge el riesgo que la sociedad se termine acostumbrando a ver la violencia como un capítulo más dentro de la trágica serie de los femicidios.
